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Prensa argentina destaca Revolución Educativa en Ecuador

Iván Petrella, analista del periódico argentino La Nación, destaca en la edición de hoy, 17 de abril, a través del artículo de opinión “La revolución educativa de Correael proceso educativo en Ecuador y su proyección para alcanzar la excelencia en este campo. Enfatiza además, en la creación de la Universidad Nacional de Educación (UNAE) para formar a nuevos docentes; y así lograr un verdadero cambio en el tema educativo. A continuación el texto completo:

El  debate educativo más importante es precisamente el que no se da en nuestro país: el de la calidad. ¿Qué y qué tan bien se aprende en nuestros colegios? Sorprendentemente, para encontrar ejemplos de países que están encarando una reforma con el objetivo puesto en la calidad de la educación no hace falta ir a Finlandia o a Singapur. Alcanza con mirar alrededor. El Ecuador de Rafael Correa -cercano no solamente en lo geográfico, sino también afín en lo ideológico con el gobierno nacional- puso en marcha esta tarea. Aclaro antes de empezar: no argumento que haya que adoptar las reformas que cito a continuación. Creo que es interesante mirar a Ecuador porque nos ofrece el caso de un mandatario sudamericano de izquierda que está entablando una revolución educativa reñida con el sentido común progresista y “sudamericanista” de nuestro país. Hecha la aclaración, ¿qué podemos aprender de la revolución ecuatoriana?

En primer lugar, la reforma ecuatoriana se construye sobre una mirada global de la educación. Éste es el eje transversal de las reformas que impulsa Correa: “Seamos globalizados para compararnos a los mejores… para aspirar a lo más alto: un sistema de educación superior que pueda estar entre los mejores del mundo”. Correa entiende el mundo como un escenario único de políticas públicas que se pueden adaptar a distintas realidades. La mirada global no sólo provee información; muestra que el gobierno ecuatoriano está decidido a dar los pasos necesarios para que sus alumnos puedan alcanzar una educación a la altura de las mejores. Por eso, una de las lecciones de la experiencia ecuatoriana es que el ejemplo de las mejores prácticas internacionales es necesario si se busca calidad.

Esta lección se plasma en una serie de proyectos orientados a fomentar la excelencia educativa. Como primer paso, Correa hizo que Ecuador ingresara a las pruebas PISA. O sea, lo que parte de nuestra clase dirigente considera inútil como termómetro de nuestro sistema educativo, Correa sale a buscarlo como herramienta de evaluación. Pero hay innovaciones más audaces. Este año, por ejemplo, se inaugura la nueva Universidad Nacional de Educación (UNAE) bajo el lema de “formar formadores.” Fiel a la mirada global, para crear esta institución Correa firmó convenios con la Universidad Católica de Lovaina y la Asociación Flamenca de Cooperación al Desarrollo y Asistencia Técnica, que abarcan el perfeccionamiento de los docentes ecuatorianos, la cooperación en investigación y el diseño en conjunto de la maestría en Formación de Formadores. Correa tiene muy claro que, a pesar de la creciente importancia de las relaciones Sur-Sur, la vanguardia del conocimiento aún se encuentra en centros de excelencia occidentales y por eso, al menos por el momento, son referencia ineludible para su nueva universidad.

La mirada global se encuentra también en la convocatoria destinada a crear el cuerpo docente de la UNAE. No se limitó a Ecuador ni a la región; está abierto a profesionales de todo el mundo. La meta es atraer expertos en educación, cualquiera sea su nacionalidad, para que formen parte del cuerpo de elite que se dedicará a educar a los educadores. El proyecto Prometeo es también otro ejemplo del mismo espíritu abierto. Ofrece manutención, pasajes aéreos y vivienda a docentes e investigadores con diversas especializaciones para que se radiquen en Ecuador. Es casi como si Correa se hubiera inspirado en Sarmiento y su búsqueda de maestras para nuestros colegios. El parecido de espíritu es insoslayable, aunque aggiornado a las particularidades del siglo XXI.

La segunda enseñanza consiste en la necesidad de evaluarse constantemente. Esto lleva a Correa a cuestionar el “progresismo” que, seguramente con preocupación genuina, se autopostula como “guardián” de la educación. No escatima palabras en criticar a los “partidos de extrema izquierda, que arrasaron con la educación de este país, que no alcanzaban a lanzar ideas, sino tan sólo a lanzar piedras, y destrozaron la calidad académica”. Por eso, decidió evaluar el funcionamiento de la totalidad del sistema educativo: alumnos, escuelas, docentes y universidades. Para alumnos en edad escolar se implementaron las pruebas SER estudiante y en 2011 se incorporó el examen de ingreso a la universidad. Los aspirantes universitarios son calificados con un máximo de mil puntos y los cupos se distribuyen de forma acorde con estas calificaciones. Se necesitan 550 puntos para aprobar y 800 o más para postularse en la carrera de educación. Como se hace en Finlandia, país que Correa y su secretario de Educación visitaron para conocer su sistema educativo, Ecuador ahora busca atraer a sus mejores alumnos hacia la docencia.

Con relación a los docentes, la Constitución de 2008 prohibió los paros en las escuelas públicas. La nueva ley de educación también agregó cambios sustanciales. Todos los cargos se concursan y la retribución deja de estar vinculada con la antigüedad, privilegiando la formación. Además, se implementaron evaluaciones, cuyos resultados fueron utilizados para diseñar cursos de capacitación continua. Durante 2013, se aplicó el programa Quiero ser Maestro, para reclutar nuevos docentes. Unos 80.000 aspirantes atravesaron una serie de pruebas y sólo el 30% alcanzó elegibilidad para concursar por un puesto. Las evaluaciones también se implementaron en el sistema universitario, lo cual resultó en el cierre de 14 instituciones por falta de calidad.

La tercera lección que deja Ecuador es tal vez la más importante: las grandes transformaciones son posibles. Es obvio que con estas medidas Correa se arriesgó a perder algunas de sus bases de apoyo, aferradas -con buena fe pero equivocadas- a viejas recetas proteccionistas. Sin embargo, asumió el posible costo político: “Lo más fácil sería decir: todos los maestros con contratos inmediatamente adquieren el nombramiento; pero sería destrozar nuestros principios, el principio de una estricta meritocracia”.

La profundidad de los cambios implementados por Correa es impresionante. Repito: con esto no quiero decir que tengamos que poner en marcha las mismas recetas. Pero nos marca el rumbo. Nos impulsa a discutir, sin prejuicios ni hipocresía, cuáles son las medidas por tomar para que nuestro sistema educativo vuelva a ser el poderoso motor de una sociedad llena de oportunidades para nuestros hijos. La experiencia ecuatoriana en busca de la calidad educativa es, más que un camino para imitar, una lección que no podemos ignorar.